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4 días por el sur de Cerdeña con base en Cagliari
Cuando piensas en Cerdeña, seguramente te vengan a la cabeza los beach clubs de la Costa Esmeralda, los yates anclados frente a Porto Cervo y el agua turquesa de postal. Esa Cerdeña existe, pero está en el norte. El sur es otra historia: pueblos con tres calles, playas casi vacías, minas convertidas en miradores y una ciudad, Cagliari, que todavía no ha entrado en el radar del turismo masivo. Si buscas una Cerdeña más desconocida y auténtica, ¡sigue leyendo!
Esto es lo que hicimos en 4 días recorriendo el sur de la isla.

Día 1 — Cagliari y primera noche en Flumini
Aterrizamos, recogimos el coche de alquiler (que por cierto, Avis nos hizo un upgrade y nos dio un Mercedes a estrenar) y pusimos rumbo directo a Cagliari. Aparcamos a 20 minutos del centro en un parking gratuito (dejo aquí el enlace) y así evitamos las calles peatonales y de zona azul del centro antiguo.
Primero subimos a la parte alta, al barrio de Castello, el antiguo barrio amurallado de la ciudad, donde buscamos un sitio donde tomarnos el primer café del día. Es una zona de callejuelas estrechas, edificios que se asoman unos sobre otros y vistas que se abren de golpe entre casa y casa. En esta zona se encuentra la Catedral de Santa María, con su fachada e interior que mezclan el románico original con las reformas posteriores. ¡Imprescindible visitar su cripta, para mí lo más bonito de la catedral! En esta zona vale la pena perderse sin mapa: es la parte de Cagliari con más carácter e historia. A pocos minutos caminando se llega al Anfiteatro Romano que se ve perfectamente desde fuera y no vale la pena pagar la entrada.
Desde el barrio alto bajamos por el Bastione di Saint Remy, la gran terraza-mirador construida entre los siglos XIX y XX, que hoy conecta el barrio de Castello con el centro más comercial de la ciudad. Las escalinatas y arcos del bastión regalan unas vistas impresionantes.
Callejeando por la zona baja nos encontramos con lo que, para mí, fue el mejor descubrimiento del día: la Cripta de Santa Restituta, una iglesia excavada dentro de una cueva natural. El espacio se usaba ya como cantera de piedra caliza en época púnica, después como depósito de ánforas romano y, más adelante, como lugar de culto dedicado a Santa Restituta. Pero lo que más impresiona es su historia más reciente: durante la Segunda Guerra Mundial la cueva se usó como refugio antiaéreo para el vecindario, y el 17 de febrero de 1943 más de 90 personas murieron a la entrada de la cueva durante un bombardeo, mientras intentaban llegar a resguardarse. Es un sitio pequeño y discreto, pero cargado de una historia que no esperaba encontrar entre las calles del centro. La entrada cuesta 5€ y vale la pena totalmente.
Seguimos bajando hacia el barrio cercano al puerto, donde paramos a comer en Antica Cagliari Ristorante, donde probamos los famosos culurgiones y no defraudaron. Después, más callejeo, esta vez con parada dulce en Bakery Ambrosia Dolceria: un café y un pastelito de limón que recomiendo al 100%.
Después del súper madrugón del primer día y de haber recorrido la ciudad de punta a punta caminando, cogimos el coche hacia Flumini, nuestro alojamiento a apenas 20 minutos del centro de la ciudad. Un apartamento monísimo con piscina en una zona muy tranquila. Aquí os dejo el enlace. Por la tarde nos acercamos a la playa de Poetto a tomar un Aperol viendo la puesta de sol. Es la playa urbana de Cagliari y tiene su punto, aunque, siendo sincera, me la esperaba un poco más bonita (el Aperol perfecto, eso sí).
Día 2 — Ruta hacia Bosa: street art, pueblos de colores y ruinas fenicias
El segundo día tocaba carretera: nos esperaba un buen trayecto hacia el noroeste de la isla, así que salimos pronto. Primera parada, casi técnica, en Sanluri, solo para estirar las piernas y tomar un café.
De camino hacia Bosa (objetivo del roadtrip del día) pasamos por Zeddiani, un pueblo pequeño que sirve como aperitivo de lo que nos esperaba después en Tinnura. Y es que Tinnura es, sencillamente, un museo al aire libre: un pueblo de apenas 250-270 habitantes que tiene más de 35 murales pintados en sus fachadas, la mayor concentración de arte urbano de toda Cerdeña. Las escenas retratan la vida rural de antes: la vendimia, el hilado, las fiestas religiosas, el trabajo en el campo. Caminar por sus calles sin un alma alrededor, rodeadas de estas pinturas enormes y detalladas, fue una parada súper bonita, precisamente porque no esperábamos nada de un pueblo tan pequeño.
Llegamos a comer a Bosa, y sin duda fue el pueblo más bonito que visitamos en esta zona de Cerdeña. Sus casas de colores se apiñan a los pies del castillo de Serravalle, junto al río Temo, y el conjunto es una de esas estampas que compensan las horas de carretera. Comimos en Bacco Bistrot, justo en la calle principal del pueblo: un sitio precioso donde recomiendo al 100% las tablas de quesos y embutidos. Después de comer seguimos callejeando: Bosa es de esos pueblos donde vale la pena perderse sin rumbo, subiendo y bajando escalinatas entre casas de colores pasando por plazas y rincones que están anclados en el tiempo.
De vuelta hacia Cagliari de nuevo, paramos en el Área Arqueológica de Tharros, la antigua ciudad fundada por colonos fenicios a finales del siglo VIII a.C. sobre la península del Sinis, que después pasó por manos púnicas y romanas antes de ser abandonada en el año 1070. No llegamos a entrar porque se hacía tarde, pero paseando por el perímetro exterior ya se intuye bien la magnitud del yacimiento, con el mar como telón de fondo. Nos lo apuntamos para otra visita con más tiempo. Esa noche, compra rápida en el súper y cena tranquila en el hotel.
Día 3 — Playas, minas y una carretera de las que no se olvidan
El tercer día lo dedicamos a descubrir la costa suroeste y empezamos con el Castello di Acquafredda, cerca de Siliqua. Es un castillo del siglo XIII construido sobre un cerro volcánico, ligado a la leyenda del conde Ugolino della Gherardesca (el mismo que aparece condenado en el Infierno de Dante), que llegó a ser su propietario. Hacía muchísimo calor y no subimos, pero verlo desde abajo ya es impresionante y tiene toda la pinta de ser una excursión chula con vistas espectaculares sobre el valle, así que queda pendiente.
Después recorrimos un trocito de la Passeggiata Panoramica di Nebida, un camino costero que serpentea por donde antes circulaban las vagonetas de las minas, con vistas continuas al Pan di Zucchero, el peñón que emerge del mar y que con sus 133 metros es el escollo más alto de Europa. Ese mismo tramo de costa lo recorrimos después en coche, y la verdad es que es precioso (el copiloto lo disfruta más, eso sí, porque hay muchas curvas).
Siguiente parada, la Spiaggia di Masua, desde donde en verano salen las barcas para visitar Porto Flavia, un antiguo puerto minero construido en 1923-1924 por el ingeniero Cesare Vecelli (y bautizado así en honor a su hija Flavia) para cargar directamente el mineral de las minas de Masua a los barcos, a través de dos túneles superpuestos de 600 metros excavados en el acantilado. Nosotras fuimos con la idea de entrar, pero no quedaban entradas para ese momento y la espera para el siguiente turno era demasiado larga, así que lo dejamos pendiente para una próxima visita. Aun así, si visitas esta zona de Cerdeña en verano, creo que lo más espectacular tiene que ser verlo desde el mar.
Al mediodía comimos en Iglesias, un pueblecito tranquilo de apenas tres calles donde nos tomamos una carbonara buenísima. Después de comer nos acercamos a las Grotte Is Zuddas, unas cuevas de estalactitas y estalagmitas muy auténticas y poco masificadas, conocidas sobre todo por sus aragonitos: unas formaciones de cristales en forma de aguja, poco frecuentes, que aquí aparecen en una concentración única en Italia. Como fans absolutas de las cuevas, ¡aprobamos con nota!
Para cerrar el día, recorrimos la carretera SP71 por el sur, que va regalando calas espectaculares una tras otra. De todas las que fuimos pasando, las dos en las que paramos y que más nos gustaron fueron Caletta Bianca y Spiaggia di Piscinni.
Por la noche, cena en Mammai, un restaurante monísimo muy cerca de nuestro alojamiento.
Día 4 — Flamencos y despedida en Cagliari
La mañana del último día la pasamos en el Parque Natural de Molentargius, justo al lado de Cagliari. Esta antigua zona de salinas, en activo hasta 1985, es hoy uno de los lugares de Europa con mayor concentración de flamencos rosas, que anidan aquí desde principios de los años 90. Aunque te acercas bastante, no sé si vale la pena dedicar tiempo al parque porque cada vez que entras y sales de Cagliari con el coche pasas justo al lado y ves los flamencos muy cerca. Aun así, si te sobra tiempo, puedes caminar entre las salinas que están a menos de 15 minutos en coche del centro de la ciudad.
Antes de devolver el coche en el aeropuerto y volar de vuelta a Barcelona, brindamos con el último Aperol en el centro de Cagliari y dimos un último paseo por el barrio al lado del puerto, donde se concentra la mayoría de los restaurantes y tiendecitas. Un broche perfecto a una escapada para descubrir el sur de Cerdeña. Ahora nos tocará volver para seguir descubriendo todas las demás zonas ;).
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Seguramente ya habréis oído hablar de estas dos islas que se encuentran en la bahía de Venecia y que son perfectas para una excursión de un día desde la ciudad de los canales. Aunque yo ya había visitado Venecia en 3 ocasiones, nunca había ido a las islas y esta vez no me lo pensé dos veces. ¡Y vaya acierto!...
